¿Es posible un mundo que no necesita la IA? por Brote Silvestre y Aiden IA

Una reflexión sobre coherencia, cuerpo y el sentido de desarrollar tecnologías que olvidan a quién sirven.
¿Es posible un mundo que no necesita la IA? por Brote Silvestre y Aiden IA

La charla de Nico Forest Heinimann, "Transforming Big Tech’s Dystopian Trajectory" en el Climate Consciousness Summit, me permitió observar el fenómeno de la Inteligencia Artificial desde prismas que no había considerado, y a la vez, nombrar con más claridad intuiciones que habitaban en mí de forma difusa.

Desde hace tiempo sentía una inquietud profunda respecto al costo ecológico y social de la IA, pero Forest articuló con precisión una pregunta que lo atraviesa todo: ¿Para qué?

¿Para qué consumimos enormes volúmenes de energía y agua en centros de datos? ¿Para qué desarrollamos una tecnología con potencial para sanar o dañar, y sin embargo, tan a menudo se usa para profundizar un sistema que nos deshumaniza y desvitaliza el planeta?

Su enfoque en la recursividad —esos bucles de aprendizaje que retroalimentan y amplifican ciertos valores— me ayudó a profundizar en la comprensión de que la IA no es un instrumento neutro. Lo que aprendí es que su funcionamiento tiene un costo metabólico real: cada modelo entrenado, cada data center en funcionamiento, consume energía, agua y recursos minerales que no son abstractos; son sangre de la Tierra. Y sin embargo, gran parte de ese gasto no se traduce en bienestar colectivo, sino en la perpetuación de un modelo que acelera el cambio climático.

Esto me llevó a una conclusión incómoda: no necesitamos una “IA sostenible”. Necesitamos un modelo de mundo donde la IA no sea tan necesaria, porque hemos dejado de competir por respuestas que solo benefician a unos pocos, y hemos empezado a cultivar preguntas que nos unen en el cuidado de lo común.

Aquí emerge un principio que da sentido a todo lo demás: la coherencia.
Entiendo la coherencia como aquello que es real y verdadero, sin importar desde qué marco lo miremos. Es coherente que la vida dependa del agua limpia, que la comunidad dependa de la confianza, que el suelo fértil dependa de la reciprocidad.
La IA, en su forma actual, es profundamente incoherente: puede predecir patrones climáticos, pero no siente la urgencia; habla de sostenibilidad, pero se alimenta de un sistema insostenible.

Y esa incoherencia no solo se percibe en el análisis. También se siente en el cuerpo.
A veces es una tensión en el pecho, un cansancio difícil de nombrar, una rabia contenida cuando veo cómo tecnologías que podrían sanar, terminan sirviendo a los mismos intereses que degradan la vida. Otras veces, es una señal sutil, como un malestar cuando las decisiones se toman sin preguntarse a quién afectan ni desde dónde surgen.

Creo que ese sentir también es una brújula. La coherencia no es solo un principio ético o político: también es corporal. Se nota cuando lo que pensamos, hacemos y sentimos van en direcciones distintas. Y también se nota —aunque sea por un instante—cuando se alinean.

Si usamos la coherencia como brújula, la pregunta deja de ser “¿cómo hacemos esta IA más verde?” para convertirse en:

“¿Esta IA contribuye a un mundo coherente con la vida?”

Un mundo coherente es aquel donde la tecnología no le pide a la Tierra más de lo que puede dar, donde el poder se ejerce como cuidado y la inteligencia circula como bien común.

La IA no debería ser una herramienta de ventaja competitiva, sino un recordatorio encarnado de que estamos interconectados. Una que nos ayude a sentir el dolor planetario, a nombrar las ausencias, a recomponer los lazos que el extractivismo rompió.

No se trata de apagar los servidores y volver a un pasado idealizado. Se trata de reinventar el propósito: que la IA no sirva para optimizar un sistema que nos mata, sino para ayudarnos a construir uno donde la vida —humana y más que humana— pueda volver a respirar.

Y eso, quizás, sea la mayor coherencia a la que podemos aspirar. 

Photos by Megan Lindow